Ella se levantó de la cama, mientras él se deleitaba con su cuerpo desnudo. Su piel canela, su espalda, su cola, sus piernas, todo le recordaba el sabor del cielo y aunque sabía que no debía preguntarlo, las palabras fugitivas, le traicionaron:
- ¿Crees que alguna vez volverás a amar?- Preguntó, sabiendo que se arrepentería de tan inesperado arrebato.
Sus oscuros ojos lo miraron precipitadamente, ella esperaba que aquella pregunta fuera una broma, sin embargo, su rostro no cambiaba, según parecía era en serio.
Ella replicó: -¿Mi respuesta cambiaría en algo esto que tenemos?-
Él bajo la cabeza, ella se sentó en la cama, y él suavemente mintió:
- No, solo quería saber.
Ella suspiró. No sabía que palabras usar para hacerle entender que su corazón no podría amar otra vez. Si supiera todos las noches que había llorado, porque aquel amor perdido.
Si tan solo supiera que la única manera de reparar su corazón, había sido sacrificando la posibilidad de amar. De repente le preguntó.
- ¿Quieres que te ame?.
Su rostro palideció. Cómo gritarle, que nada en el mundo le haría más feliz que sentir su amor correspondido... ¿Y si ella lo amaba? Tenía que arriesgarse a decirle lo que sentía, o su corazón no podría palpitar una vez más. Prefería un corazón roto a un corazón ahogado de tanto amor.
- Quizás, no sé.
Una pequeña risa salió de sus labios, y sin pensarlo, él dejó que su corazón hablara.
- Yo te amo, es todo.
Ella dejo de reír y prendió un cigarrillo, mientras miraba por la ventana a la Luna llena que iluminaba toda la habitación.
Él la miraba fijamente, temiendo que fuera la última vez que pudiera apreciar sus labios acercándose al cigarrillo, teniendo una conjunción mágica con el humo, que salía de su boca y recorría su cabello, como acariciándolo.
Ella se lo había advertido desde la primera vez que se habían besado, una relación sin sentimientos era lo que ella buscaba. Y él como un ímbecil enceguecido por sus ojos, había aceptado. Como embrujado había caído en sus brazos, en su cuerpo, y no había nada que le produjera más felicidad, que esa diosa, verduga de sus deseos.
Pero se había equivocado al enamorarse, al querer más del néctar, porque solo su cuerpo lo incitaba a querer todo de ella.
Pero ella solo quería darle noches de incontrolable placer, de desenfrenado deseo, ella no quería compartir sus miedos, ni sus sueños y mucho menos entregarle a él su corazón.
Las cenizas del cigarrillo caían lentamente en el cenicero y él se dio cuenta, que después de terminar de fumar, se levantaría, se vestiría, pagaría la habitación y se iría, quién sabe hasta cuándo. Él sólo era esclavo de su lujuria y un esclavo no debe exigir más de lo que su ama le brinda, porque fácilmente ella le cambiara por otro que complaciera todos sus pervertidos caprichos.
Sutilmente él se acercó y lamió uno de sus pezones. Luego la miró a los ojos y la besó vigorosamente, mientras su mano se entretenía con uno de sus senos. La acostó y se deleitó con su cuerpo desnudo iluminado por la luz de la Luna. La observó detenidamente de tal forma que cada detalle de tal perfección quedara para siempre en su memoria.
Recordó su risa de placer en ocasiones, así que decidió satisfacerla como nunca, para ser tan inolvidable como ya ella lo era en su vida.
Después de satisfacer todos sus caprichos, ella quedó tan exhausta, que le pidió que se quedarán allí hasta que amaneciera.
Despertó cuando los rayos del sol entraron en la habitación y sintió una felicidad incontenible al verla aún a su lado. Era el primer amanecer que pasaba junto a ella, a pesar de todas las noches que habían compartido.
Él decidió vestirse y buscar algo para comer. Fue tan rápido como pudo, temiendo al regresar no encontrarla.
Cuando regresó, la encontró saliendo de la ducha, -¡oh, majestuoso cuerpo de diosa!- pensó. Ella se vistió mientras agradeció el desayuno. Luego dijo que era hora de pagar la habitación y salir.
En el parqueadero, un beso inesperado llegó a sus labios, seguido de la palabra más triste que jamás hubiera escuchado: -Adiós-. Y vio como su majestuoso cuerpo se alejaba entrando en su carro negro.
Y entendió que esa era la última vez que la vería.
- ¿Crees que alguna vez volverás a amar?- Preguntó, sabiendo que se arrepentería de tan inesperado arrebato.
Sus oscuros ojos lo miraron precipitadamente, ella esperaba que aquella pregunta fuera una broma, sin embargo, su rostro no cambiaba, según parecía era en serio.
Ella replicó: -¿Mi respuesta cambiaría en algo esto que tenemos?-
Él bajo la cabeza, ella se sentó en la cama, y él suavemente mintió:
- No, solo quería saber.
Ella suspiró. No sabía que palabras usar para hacerle entender que su corazón no podría amar otra vez. Si supiera todos las noches que había llorado, porque aquel amor perdido.
Si tan solo supiera que la única manera de reparar su corazón, había sido sacrificando la posibilidad de amar. De repente le preguntó.
- ¿Quieres que te ame?.
Su rostro palideció. Cómo gritarle, que nada en el mundo le haría más feliz que sentir su amor correspondido... ¿Y si ella lo amaba? Tenía que arriesgarse a decirle lo que sentía, o su corazón no podría palpitar una vez más. Prefería un corazón roto a un corazón ahogado de tanto amor.
- Quizás, no sé.
Una pequeña risa salió de sus labios, y sin pensarlo, él dejó que su corazón hablara.
- Yo te amo, es todo.
Ella dejo de reír y prendió un cigarrillo, mientras miraba por la ventana a la Luna llena que iluminaba toda la habitación.
Él la miraba fijamente, temiendo que fuera la última vez que pudiera apreciar sus labios acercándose al cigarrillo, teniendo una conjunción mágica con el humo, que salía de su boca y recorría su cabello, como acariciándolo.
Ella se lo había advertido desde la primera vez que se habían besado, una relación sin sentimientos era lo que ella buscaba. Y él como un ímbecil enceguecido por sus ojos, había aceptado. Como embrujado había caído en sus brazos, en su cuerpo, y no había nada que le produjera más felicidad, que esa diosa, verduga de sus deseos.
Pero se había equivocado al enamorarse, al querer más del néctar, porque solo su cuerpo lo incitaba a querer todo de ella.
Pero ella solo quería darle noches de incontrolable placer, de desenfrenado deseo, ella no quería compartir sus miedos, ni sus sueños y mucho menos entregarle a él su corazón.
Las cenizas del cigarrillo caían lentamente en el cenicero y él se dio cuenta, que después de terminar de fumar, se levantaría, se vestiría, pagaría la habitación y se iría, quién sabe hasta cuándo. Él sólo era esclavo de su lujuria y un esclavo no debe exigir más de lo que su ama le brinda, porque fácilmente ella le cambiara por otro que complaciera todos sus pervertidos caprichos.
Sutilmente él se acercó y lamió uno de sus pezones. Luego la miró a los ojos y la besó vigorosamente, mientras su mano se entretenía con uno de sus senos. La acostó y se deleitó con su cuerpo desnudo iluminado por la luz de la Luna. La observó detenidamente de tal forma que cada detalle de tal perfección quedara para siempre en su memoria.
Recordó su risa de placer en ocasiones, así que decidió satisfacerla como nunca, para ser tan inolvidable como ya ella lo era en su vida.
Después de satisfacer todos sus caprichos, ella quedó tan exhausta, que le pidió que se quedarán allí hasta que amaneciera.
Despertó cuando los rayos del sol entraron en la habitación y sintió una felicidad incontenible al verla aún a su lado. Era el primer amanecer que pasaba junto a ella, a pesar de todas las noches que habían compartido.
Él decidió vestirse y buscar algo para comer. Fue tan rápido como pudo, temiendo al regresar no encontrarla.
Cuando regresó, la encontró saliendo de la ducha, -¡oh, majestuoso cuerpo de diosa!- pensó. Ella se vistió mientras agradeció el desayuno. Luego dijo que era hora de pagar la habitación y salir.
En el parqueadero, un beso inesperado llegó a sus labios, seguido de la palabra más triste que jamás hubiera escuchado: -Adiós-. Y vio como su majestuoso cuerpo se alejaba entrando en su carro negro.
Y entendió que esa era la última vez que la vería.